Villa Serrana es un poblado ubicado en el departamento de Lavalleja, a 25 kilómetros al Noreste de la capital departamental, Minas, entre los valles de los arroyos Penitente y Marmarajá. Fue fundada en 1946 como una villa de descanso de estilo europeo. 

Se accede desde la ruta Nº8 por dos accesos, ubicados en los kilómetros 140 y 145 (denominadas 1ª y 2ª entrada respectivamente). Desde la segunda entrada se recorren tres kilómetros hasta llegar a la pendiente conocida como Piedra Alta, considerada como el límite Norte de la Villa.

El 16 de abril de 1945 se constituyó Villa Serrana S.A. con el objetivo de desarrollar villas residenciales en lugares de naturaleza panorámica. 

La sociedad pensó en construir una villa de retiro, cuya atracción estaría dada por el exotismo panorámico al abrigo de las laderas de los cerros. Para ello convocó al arquitecto Julio Vilamajó, quien realizaría lo que sería su última gran obra.

Vilamajó recorrió el lugar junto a un grupo de paisajistas extranjeros y reunió estudios con una inquietud exhaustiva. Tenía frente a sí los cerros Guazubirá y Bella Vista, de 365 y 325 metros de altura respectivamente. Consideró que “la arquitectura a planearse estaría íntimamente ligada con los materiales regionales, en tal forma que ella sea un exponente de los productos del suelo o de la industria local”. Entonces, decidió construir sin adaptación topográfica bajo una geometría indiferenciada, tomando la piedra, la madera y la paja como materiales fundamentales para las viviendas.

Villa Serrana fue pensada como un lugar que debía conservarse inmune a desarrollo urbanístico típico de las grandes ciudades. Vilamajó diseñó calles con nombres de árboles: Guazubirá, Coronilla, Lantana, Sombra de Toro, Envira, Canelón, Arrayán, Chalchal, Carobá, Molle, Aruera, Tembetarí, Tala, además de las que posteriormente recibieran los nombres de Julio Vilamajó y del agrimensor Juan Bernasconi, ejecutor del trazado de las calles. También eligió plantar árboles con colores diferentes a los de la vegetación silvestre (árboles con hojas caducas para que el otoño se cargase de vivos colores). Se propuso crear un “jardín a gran escala” cuya diagramación quedase librada a la flora autóctona y al recorrido de otras semillas a través de los picos de los pájaros.

En los primeros años la sociedad propietaria de las tierras plantó cien mil árboles con una función ornamental. El proyecto inicial explicitaba: "los propietarios tendrán la obligación de conservar las especies naturales, en una proporción de un árbol cada 125 m². En caso que los solares no estén poblados por estas especies tendrán la obligación de plantar árboles a la proporción indicada".

A las distintas zonas del poblado les fueron puestos nombres idóneos para un plan de conservación y goce de la naturaleza, también recreativo para los eventuales visitantes, según postulaban los impulsores del proyecto. Se crearon siete barrios: Los Romerillos, Las Vistas, La Leona Alta, La Leona Baja, El Prado, Colmenar de Abajo y Las Cuestas.

En el Valle de la Alegría Vilamajó ideó un mesón o restaurante con el nombre de “Ventorrillo de la Buena Vista”, obra construida en 1946 y declarada Monumento Histórico Nacional en 1979. El nombre del lugar incluye la palabra "ventorrillo", que significa "bodegón o casa de comidas en las afueras de una población". Otro de los edificios ideados por Vilamajó fue el “Mesón de las Cañas”, de 1947, construido sobre la ladera Este del cerro Guazubirá, en las cercanías del Ventorrillo de la Buena Vista. Era una hostería de 12 habitaciones con un amplio salón comedor, terrazas a nivel del suelo y una piscina abierta donde disfrutar la frescura del agua sin salir del entorno.

Sobre la línea baja del valle fue construido en 1958 un lago artificial, embalse y represa sobre el arroyo Miraflores en la afluencia de la cañada de La Leona. El lago fue denominado “Enrique Stewart Vargas”, en homenaje a quien lo diseñó. Stewart también construyó la pequeña represa del Baño de la India en uno de los límites al Este.

Sucesivas decisiones comerciales de la compañía aparejaron una reducción drástica del predio original de 4.000 a 2.500 hás., despojándolo de las tierras destinadas a usos rurales, y el fraccionamiento de zonas expresamente contraindicadas, cumbres y valles, que escasamente alcanzaron a ocuparse. Tras unos años de impulso inicial, con el vuelco masivo de la preferencia vacacional hacia la costa y el virtual abandono de los principales responsables particulares y oficiales, Villa Serrana fue quedando como congelada en el tiempo, sumida en el olvido público y en una paulatina decadencia que alcanzó incluso a los emblemáticos edificios de Vilamajó, a pesar de haber sido declarados monumentos históricos, y de otras construcciones añejas.

En la actualidad, la villa no sobrepasa las 150 casas de descanso, ubicadas en su mayoría dentro del núcleo más antiguo de Sierra Alta y aún más dispersas en el resto, a las que se suman el Barrio Obrero, un modesto caserío de habitantes permanentes, edificios de servicio público, como un destacamento policial de la seccional 7º de Lavalleja y la escuela N.º 97, un albergue, un puñado de pequeños almacenes. Una infraestructura elemental completa las instalaciones existentes. 

El Ventorrillo de la Buena Vista, una de las obras más emblemáticas de la localidad, sufrió un proceso de deterioro importante debido a su abandono. En 2009 se llevó adelante un llamado a licitación para su restauración, en el marco del Programa de Mejora de la Competitividad de los Destinos Turísticos Estratégicos. En proyecto incluyó la construcción de un Centro de Acogida en la primera entrada de la Ruta 8, con servicios básicos para turistas.

Después de un largo proceso de estudios, en 2010 comenzó la restauración también el Mesón de las Cañas. El proyecto será financiado por la firma Verticell S.A. de capitales uruguayos. La idea general del proyecto fue avalada por la Comisión Nacional de Patrimonio y la Intendencia de Lavalleja, propietaria del inmueble. La Intendencia de Lavalleja expropió el padrón por deudas impagas.

Villa Serrana es famosa por su paisaje, su tranquilidad y por la energía que transmite, rodeada de naturaleza, monte indígena y fauna silvestre. Sus 80 habitantes permanentes, se esfuerzan día a día, para conservarla y mejorarla. Por estas razones, en Villa Serrana la belleza es un adjetivo implícito incluso en lo más cotidiano. 

A un visitante le puede resultar difícil una vez instalado y probado el placer de vivir unos días allí, dejar el lugar.

Cualquier periodo del año puede ser un buen momento para visitarla. Durante los meses invernales los días son cortos fríos y a veces lluviosos, favoreciendo el uso de la estufa a leña, generalmente construida de piedra, siendo ideal para la lectura y el reencuentro con uno mismo. 

Los meses de otoño y primavera son excepcionales por la bondad del clima, los cielos azules, campos verdes, amaneceres y atardeceres alucinantes y las lunas más increíbles del cono sur. 

Es de destacar en noches sin luna los cielos estrellados, lo que habitualmente transforma el lugar en visita ineludible de los amantes de la astronomía, utilizando para ello el Observatorio de Villa Serrana del Profesor Gonzalo Viccino, un libro abierto en la materia. 

Estos momentos son perfectos para un viaje romántico, de reencuentro con la familia y de volver a lo básico y elemental de disfrutar la naturaleza en su más pura expresión.

 

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